Sobrevivir (y ser más fuerte que antes)

Sudor y agua son principios de sobrevivencia. Ambos elementos fueron el fundamento de la representación de Hygin Delimat, investigador del movimiento polaco que conmocionó con Slowstepper – On the Edge of Survival (El bailarín lento – En la esquina de la sobrevivencia) el pasado fin de semana en el Festival Internacional de Danza Contemporánea de la Ciudad de México (FIDCDMX).

En el acto se manifiesta un hombre común con atuendo deportivo. Le rodean calles desiertas de una ciudad extraviada en la noche. El personaje brota encima de una rampa y emprende una lucha secuencial consigo mismo a través de maromas y una suerte de posiciones yoicas. Es endeble en una aparente armonía.

El público advierte que cada meneo del sujeto se repite una y otra vez. Su dinámica parece no tener desenlace. Sin embargo, paulatinamente el hombre vibra, se sacude, titubea en cada paso y eventualmente confluye en su ansia, es un ansia despiadada. “Es el cuerpo que sobrevive a algo, el cuerpo que está en problemas, es una situación muy difícil”, explica el intérprete a este reportero.

El instante de inconformidad encuentra su cúspide al encuentro con el recurso vital: el agua. Se trata de un simple vaso lleno del líquido hasta la mitad. Lo toma en sus manos. Lo acerca a sí. Lo mira. Ipso facto la angustia incrementa: tirita su mano en el intento de allegarlo a sus labios. No lo consigue, su ansiedad justo encontró un campo de cultivo.

Slowstepper
“Es la historia de un atleta que puede hacer cosas y que llega al estado de no poder hacerlo más”: Hygin Delimat (Imagen de Dainius Glasses’n’beard Photography)

Opta por abandonar la misión de resolver el terror que le provoca el vital líquido. La incomodidad evoluciona hasta volverse incontenible. “En este caso para mí es la historia, la evolución de un atleta o una persona o cualquiera que puede hacer cosas y que llega al estado de no poder hacerlo más”, considera Hygin.

El personaje anhela despojarse del mal que lo carcome. Precisa retirarse la armadura que le incapacita. Lo sabe. Y consciente o inconscientemente la sublima. Con temor y lentitud se arranca cada una de las prendas deportivas: la chamarra, la camisa, el pantalón.

Ya libre, con la única pertenencia que le resta: su propio cuerpo, recurre a la fuerza interior para reconstruirse. El hombre vuelve de nuevo a las tediosas secuencias con que inició la escena. Pero las rebasa, las supera, las deja en el pasado, aunque aprende de ellas. Y ya sin peso, recupera el terreno. Una vez más, sin importar cuántas veces lo había intentado, regresa. Y sin pensarlo reinstala su rutina física. Casi desnudo, emprende de nuevo el camino. ¿Necedad o persistencia?

Se ha convertido en un hombre fuerte, seguro, tenso pero concentrado, contundente en cada movimiento. Cada instante le demanda la máxima atención, su secuencia roza la perfección, el esfuerzo es insuperable, el empeño toca los límites.

Slowstepper 2
Interpretación de Slowstepper. (Imagen de Dainius Glasses’n’beard Photography)

Su testa tersa transpira en caudales. El flujo constante de las gotas de sudor distingue la nueva empresa. El suelo es cómplice de su vigor. Su ser se contiene en la mirada. Asciende. “Esta parte es la de un sobreviviente superhéroe. Es un cuerpo que está preparado para sobrevivir (…) Es salir de eso (el estado de no poder hacer más), hacerse mucho más fuerte que antes”, detalla el artista.

En su condición renovada el sujeto se dispone una vez más al encuentro con el líquido transparente. Sujeta el recipiente que le da forma. Lo levanta del piso. Lo aproxima a su rostro. Lo mira. Su sudor se derrama en gotas deslizándose por el cráneo hacia el contenedor y, de a poco, se fusiona con el agua.

Él observa el vaso con ironía. De pronto somete a su propia burla la materia que antes provocó su sufrimiento. “Nosotros somos agua, el sudor es agua. Tal vez el vaso estuvo simplemente lleno de sudor al principio. Tú no sabes si lo que está ocurriendo es un proceso que continúa”, sugiere Delimat.

Aun cuando el protagonista se retira de la escena por su propio pie, con determinación y serenidad, la obra no concluye. En proscenio la iluminación desvanece. Tras el breve silencio vendrá el aplauso y emergerá, ya no el personaje, sino Hygin para agradecer al público de la Miguel Covarrubias.

En la mirada de los asistentes la historia continúa. El proceso del hombre que se debatió y triunfó en el teatro converge en un cuerpo liguero, un humano relajado, un individuo que sonríe más con el semblante que con los labios. Tal vez Delimat ahora es más fuerte, pero seguro es feliz

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